Largas filas. Entre crisis y desesperanza

El reflejo más claro del problema económico que vive Venezuela son los cientos de personas que esperan por alimentos
Desde las 4:00 de la mañana, decenas de personas hacen fila afuera del centro comercial El Cafetal con la esperanza de comprar productos en el supermercado. (Fotos: JORGE SERRATOS)
17/07/2017
02:13
Caracas
SONIA IZQUIERDO
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Largas filas. Entre crisis y desesperanza

El reflejo más claro del problema económico que vive Venezuela son los cientos de personas que esperan por alimentos

Todos los días, desde las 4:00 de la mañana, comienzan a formarse largas filas afuera del centro comercial El Cafetal, ubicado al este de la capital venezolana. Decenas de personas llegan desde otros barrios con el propósito de adquirir algún producto de la canasta básica. Una de ellas es Gladys de Almodóvar, una maestra y abogada jubilada que todos los lunes dedica su día a esperar durante horas en algún centro comercial de la ciudad.

Justo cuando ella esperaba tener una vida más tranquila, gracias a su jubilación, las cosas se han puesto peor. Gladys relata a EL UNIVERSAL que desde hace un año tiene que permanecer entre cinco y ocho horas haciendo fila para adquirir harina, pan, arroz, azúcar, aceite, jabón o pasta de dientes, productos básicos regulados por el gobierno en Venezuela.

Ella, al igual que la mayoría de sus compatriotas, se ve afectada por la falta de alimentos y el alto precio de los productos. Considera que ésta es una crisis innecesaria que ha sido generada por la mala conducción y dirección del Estado; asegura que con su pensión no le alcanza ni para comer bien, porque solamente se puede permitir comprar vegetales, ya que la carne de res y el pollo son muy caros.

La historia de Gladys es sólo una de decenas que se repiten a lo largo de la fila y por todo el país. De acuerdo con William Serafino, analista y politólogo perteneciente al Grupo Misión Verdad, “el problema [del desabasto de productos en Venezuela] está ligado al comportamiento del dólar en un mercado especulativo, no transparente, no lícito. Digamos que indexa todo ese aumento del dólar a los precios de los productos básicos”.

La compra regulada

Para que un venezolano pueda entrar a comprar en un supermercado público o privado es obligatorio mostrar su número de cédula de identidad, porque dependiendo del número en que termina su credencial es el número que les corresponde. Cada ciudadano tiene derecho a adquirir productos básicos una vez cada siete días en el mercado regulado. Como alternativa pueden acudir a centros donde venden productos no regulados, donde la diferencia son los precios de las mercancías.

Es así como poco más de un centenar de personas se ven en la necesidad de esperar horas frente a un supermercado sin saber a qué hora podrán entrar o qué podrán comprar, ya que los establecimientos no abren hasta que llega el camión que abastece de mercancía y lo que trae siempre es una sorpresa.

La desesperación en el fila es evidente, los murmullos entre la gente son “no hay comida”, “estamos buscando comida”, nadie habla en voz alta ni quiere ser grabado porque temen perder la poca ayuda que les da el gobierno. Todos quieren llevarse algo, pero saben que no todos lo lograrán.

Grupos de voluntarios apoyan en la coordinación de la gente con el objetivo —dice uno de ellos a EL UNIVERSAL— de lograr equidad en la adquisición de productos. Luis Armando Díaz, es uno de estos coordinadores. Él llega a las 4:00 de la mañana para registrar a los primeros y da la instrucción de hacer dos filas: una para la gente de la tercera edad, y la otra para el resto de los adultos. Al preguntarle, ¿qué recibe a cambio?, responde: “Nada”. Argumenta que la razón de estar apoyando es la “sensibilidad social”.

La cantidad de personas que entra a estos centros comerciales depende del mismo establecimiento; normalmente pasan de 10 hasta 30 personas por turno, todo depende de la cantidad de productos que lleguen y el número de personas que están formadas.

Armando Díaz explica que generalmente llega un sólo producto como la harina, pan, aceite, azúcar, y eventualmente llegan pastas, jabón, es decir, todo es muy aleatorio. Señala que muchos venezolanos de clase baja se ven obligados a hacer dobles filas porque hay barrios donde los mercados populares no tienen mercancía, lo que los obliga a gastar en transporte para desplazarse a las zonas de clases media, como El Cafetal.

Si después de horas de fila se logra entrar al supermercado y comprar algún producto, la espera ha valido la pena. Si no, las opciones son el mercado no regulado, comprar sólo vegetales (que son más baratos) o esperar a tener suerte la siguiente semana.

Los aumentos al salario

El presidente Nicolás Maduro anunció el pasado 1 de julio el tercer aumento al salario mínimo en lo que va del año, que ha crecido 140% desde enero. En esta ocasión fue un incremento de 50% para trabajadores públicos, militares y pensionados. De esta forma el salario mínimo para un venezolano queda en 97 mil 531.56 bolívares que más el Cesta Ticket (bono de alimentación para trabajadores con empleo formal) de 153 mil, suma poco más de 250 mil bolívares al mes.

Lejos de ser una buena noticia, el incremento fue recibido con molestia por los venezolanos, ya que implica un alza generalizada en los precios y complica aún más su situación económica, y el costo de los productos lo indica. En un mercado cuatro plátanos cuestan 2 mil 500 bolívares, al igual que las papas o calabazas. El jitomate, la zanahoria y la cebolla cuestan 3 mil 500 cada uno; la barra de mantequilla cuesta 4 mil y un paquete de pan para sándwich está en 8 mil bolívares.

De acuerdo con William Serafino, la opción para que Venezuela pueda salir de la actual crisis económica es a través de un crédito internacional con el que pueda nutrir el mercado de divisas.

Sin embargo, el presidente Nicolás Maduro insiste en que los altos precios son producto de la especulación y prometió derrotarla con la Asamblea Constituyente. “Denme la Constituyente y les doy la victoria sobre los precios y la especulación criminal”, dijo el pasado 3 de julio.

Mientras tanto, la señora Gladys, y cientos más como ella, seguirán formados durante horas afuera de los supermercados en espera de que llegue el camión del abasto y les traiga algo bueno para llevar a casa.

 

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